¡A poner la mesa! Primero… las políticas de familia

Este artículo fue originalmente publicado en el suplemento de economía de la diaria.

La nueva economía de la fecundidad plantea desafíos significativos para los responsables políticos preocupados por la baja fecundidad, pero también ofrece oportunidades para construir un futuro más próspero y equitativo.

La tasa global de fecundidad (TGF) es el indicador que mide la cantidad promedio de hijos por mujer. Esta nunca fue tan baja en nuestro país: en 2022, la TGF fue de 1,3. Este fenómeno demográfico en Uruguay fue en partes iguales esperable y sorprendente. Esperable porque era un fenómeno que se venía monitoreando por parte de los expertos, pero sorprendente por la velocidad en la que se dio esta gran caída. Y aquí es donde entra una pregunta que se escucha mucho en el debate público: ¿Es importante fomentar políticas que promuevan la natalidad directamente? Técnicamente, no. ¿E indirectamente? Tal vez sí.

El trabajo “La gran caída. El descenso de la fecundidad uruguaya a niveles ultra-bajos (2016-2021)”, de Cabella, Fernández Soto, Pardo y Pedetti, que estuvo circulando en distintos medios de comunicación, nos alertó como población de “la gran caída”. En 2016 comenzó un período de reducción de la natalidad y la fecundidad de intensidad y rapidez inéditas en la historia uruguaya. En un lapso de sólo siete años, la tasa global de fecundidad (TGF) se redujo de 2,0 a 1,27 hijos por mujer y los nacimientos descendieron aproximadamente de 47.000 a 33.000. Si se considera la serie de nacimientos desde inicios del siglo XX, no hay antecedentes en el país de una caída de la fecundidad de tal magnitud (37%) concentrada en un período tan corto.

La reducción de la fecundidad hacia niveles bajos fue uno de los grandes cambios demográficos ocurridos en Uruguay en el pasaje del siglo XX al XXI. En 2005, la TGF alcanzó el promedio de dos hijos por mujer, un valor que en la jerga demográfica está por debajo de lo que se conoce como el umbral de reemplazo (2,1 hijos), el valor mínimo necesario para asegurar la reposición de la población en el largo plazo. Si bien fue un hito en su historia demográfica, lo cierto es que el país ya presentaba valores cercanos a 2,5 hijos por mujer desde hacía décadas, a consecuencia de su temprana transición demográfica y de una tendencia sostenida de descenso durante la segunda mitad del siglo XX. La reducción sólo fue interrumpida por un período de aumento que llevó la tasa de 2,5 a 3 hijos por mujer en la década de 1970, para luego retomar su camino secular de descenso a fines de la década.

La reducción de la fecundidad en Uruguay no es un fenómeno malo, y los expertos no suelen barajar la proposición de una política que incentive la natalidad como un fin en sí mismo. Hay que considerar los derechos reproductivos de las personas en el marco del bienestar de los niños, como también de los padres con relación a su voluntad para decidir cuántos hijos quieren tener.

Cuando se dice que tienen que nacer más niños, ¿qué pasa con el deseo de las personas y la disponibilidad, entonces, de tener más hijos? No es únicamente el deseo de ser padre o madre, también implica un conjunto de activos centrales. Por ejemplo, supongamos que los uruguayos quisieran tener más hijos, es decir, que hay un interés. Entonces, lo que está estudiado que funciona son las políticas de familia, es decir, darles más tiempo a las personas que trabajan, más licencias (maternales, paternales y parentales), más centros de cuidado y más ingresos a quienes lo necesitan para poder soportar económicamente una crianza de calidad. Se deberían implementar políticas no con el objetivo de tener más hijos per se, sino en términos de mejorar la situación de madres y padres en Uruguay con políticas y crianzas mejores. En este escenario, probablemente de manera indirecta dichas políticas podrían llevar a las familias que van por el primer hijo por el segundo o por el tercero, porque existirían mejores condiciones, y esto es bien distinto a pensar “Hago un proyecto para que la población tenga hijos”. Son políticas indirectas.

¿Cómo entender por qué han descendido las tasas de fertilidad y cómo evaluar qué medidas, en su caso, podrían contribuir a aumentarlas en el futuro?

A partir de Becker (1960), los modelos económicos del comportamiento de la fecundidad se basaron en dos ideas principales para explicar las regularidades empíricas de la elección de la fecundidad. La primera de ellas es la compensación entre cantidad y calidad: la noción de que a medida que las personas se enriquecen invierten más en la “calidad” de sus hijos, en particular proporcionándoles más educación. Dado que la educación es costosa, los padres optan por tener menos hijos a medida que aumentan sus ingresos.

La segunda idea principal se centra en el costo de oportunidad del tiempo de las mujeres. Según este mecanismo, los hijos son más “caros” cuando los salarios de las mujeres son altos y muchas mujeres trabajan, porque criar a los hijos y trabajar son usos que compiten por el tiempo de las mujeres. Basándose en estos mecanismos, los modelos de primera generación sobre el comportamiento de la fecundidad pudieron explicar las regularidades empíricas que se daban en un amplio conjunto de países hasta hace unas décadas, en particular la observación de que las tasas de fecundidad eran más bajas en los países más ricos y en los que trabajaban muchas mujeres.

Las fuerzas en las que hacen hincapié los modelos de primera generación siguen siendo pertinentes en muchos lugares, sobre todo en los países que aún se encuentran en plena transición demográfica. Sin embargo, tal y como argumentan Doepke et al. (2022), las ideas clásicas de los modelos de fecundidad de primera generación son de poca ayuda para entender las tasas de fecundidad ultrabajas de los países de ingresos altos de hoy en día, porque las observaciones básicas que motivaron los modelos de primera generación ya no se sostienen en los datos recientes. En consecuencia, la economía de la fecundidad ha entrado en una nueva era, en la que un nuevo conjunto de fuerzas impulsa gran parte de la variación observada en la fecundidad.

La compatibilidad de la familia y la carrera profesional como factor determinante de la fecundidad

Las cambiantes regularidades empíricas de la fecundidad se observaron por primera vez en la literatura sociológica y también se debatieron en economía. Para dar cuenta de los nuevos hechos de la elección de la fecundidad en los actuales países de altos ingresos, los investigadores tuvieron que considerar nuevos mecanismos que van más allá de las fuerzas enfatizadas por los estudios de primera generación. Las investigaciones recientes en economía, demografía y sociología que están a la altura de este reto tienen un tema en común: la compatibilidad de los planes profesionales y familiares de las mujeres emerge como un determinante clave del comportamiento en materia de fecundidad.

El cambio subyacente que vincula la compatibilidad carrera-familia y las decisiones de fecundidad es un cambio en las aspiraciones generales y los planes de vida de las mujeres. Como se subraya en un trabajo reciente de Claudia Goldin (2020, 2021), en el pasado la mayoría de las mujeres consideraban que tener una carrera profesional y tener una familia eran opciones mutuamente excluyentes: lograr uno de estos objetivos implicaba sacrificar el otro. Hoy en día, la mayoría de las mujeres de los países de ingresos altos aspiran a tener una familia y una carrera satisfactoria que abarque la mayor parte de su vida adulta. Esta aspiración refleja lo que ha sido la realidad para la mayoría de los hombres en los países de ingresos altos durante mucho tiempo; de ahí que el cambio en las aspiraciones de las mujeres refleje una convergencia en los planes de vida generales de mujeres y hombres.

Según la nueva literatura sobre fecundidad, el deseo de tener una carrera profesional y una familia a la vez es importante para los resultados de la fecundidad, porque hay una variación significativa entre los países en cuanto a la compatibilidad real de estos dos objetivos. En los países en los que es fácil compaginar carrera y familia, las mujeres tienen ambas cosas; en los países en los que ambas están reñidas, las mujeres se ven obligadas a hacer concesiones, lo que hace que nazcan menos niños y que trabajen menos mujeres.

¿Qué factores determinan la compatibilidad entre carrera profesional y familia?

Se destacan cuatro factores que facilitan compaginar la carrera profesional con la familia: la política familiar, los padres cooperadores, las normas sociales favorables y los mercados laborales flexibles. Es decir, políticas orientadas a la familia se definen como aquellas que ayudan a equilibrar tanto la vida laboral como la familiar, y que generalmente brindan tres tipos de recursos esenciales que necesitan los padres y los cuidadores de niños y niñas pequeños: tiempo, finanzas y servicios.

El mayor reto a la hora de balancear carrera y familia es hacer frente a las necesidades de cuidado de los hijos. Si las mujeres acaban teniendo que ocuparse ellas solas de la mayor parte del cuidado de los niños, continuar con una carrera exigente mientras se tiene hijos pequeños será difícil o imposible. Las guarderías y los centros preescolares, que pueden ser públicos o privados, constituyen una alternativa habitual para el cuidado de los niños. Si estas guarderías están ampliamente disponibles, cubren toda la jornada laboral y son asequibles, a las mujeres con hijos pequeños les resulta más fácil seguir trabajando y, como consecuencia, es más probable que tengan familias más numerosas.

El cuidado de los niños también puede correr a cargo de los padres. Los datos sobre el uso del tiempo muestran que, hasta hace unas décadas, las madres dedicaban mucho más tiempo al cuidado de los hijos que los padres, pero en muchos países la contribución de los padres ha aumentado desde entonces. El reparto del cuidado de los hijos entre los padres influye directamente en las decisiones de fecundidad si los padres negocian si quieren tener más hijos. Doepke y Kindermann (2019) muestran que, en datos recientes, es probable que las parejas tengan otro hijo sólo si ambos comparten el deseo de tenerlo. Si los hombres contribuyen poco a la crianza de los hijos, será menos probable que las mujeres acepten tener otro hijo y la fertilidad será baja.

El papel de la negociación intrafamiliar en la fecundidad implica que los determinantes más profundos de la división del trabajo en el hogar influyan en las tasas de fecundidad. Estos factores incluyen la política familiar, como el permiso de paternidad, las normas sociales relativas al papel de las madres en el hogar y en el lugar de trabajo, y las prácticas en el lugar de trabajo, como la expectativa de largas horas en los puestos de carrera y la presencia (o ausencia) de flexibilidad para hacer frente a necesidades repentinas de cuidado de niños, por ejemplo, cuando un niño se enferma.

Por último, la compatibilidad de la carrera profesional y la familia también depende de las condiciones del mercado laboral. Si es difícil encontrar empleos estables y bien remunerados y las tasas de desempleo son elevadas, los padres pueden temer que una interrupción temporal de la carrera profesional tras el nacimiento de un hijo se convierta en permanente. Tener otro hijo preocupa menos cuando es fácil encontrar empleos deseables y flexibles.

Perspectivas

La nueva economía de la fecundidad plantea desafíos significativos para los responsables políticos preocupados por la baja fecundidad, pero también ofrece oportunidades para construir un futuro más próspero y equitativo. Si bien los factores que afectan la compatibilidad entre familia y carrera profesional cambian lentamente con el tiempo y las intervenciones políticas pueden tener efectos graduales, es crucial reconocer que la fertilidad ultrabaja no es un destino ineludible, sino un reflejo de las políticas, instituciones y normas que rigen una sociedad.

Con esta comprensión en mente, es esencial que los responsables políticos aborden de manera proactiva la cuestión de la baja fecundidad. En lugar de considerarla como un problema aislado, deben adoptar un enfoque integral que promueva la igualdad de género, el equilibrio entre vida laboral y familiar, y el bienestar de las familias. Esto implica implementar políticas que apoyen a las madres y a los padres en el cuidado de sus hijos, brindándoles acceso a licencias parentales y centros de cuidado infantil de calidad.

Además, es fundamental que se fomente un cambio cultural que valore y promueva la participación activa de los padres en la crianza de los hijos. Esto no sólo permitirá que las mujeres tengan más opciones en su vida profesional y familiar, sino que también ayudará a construir familias más fuertes y equitativas.

Asimismo, es esencial mejorar las condiciones del mercado laboral para garantizar que las personas no se vean desalentadas por temores sobre la estabilidad laboral al tomar decisiones sobre la paternidad. Empleos estables y flexibles, así como oportunidades de desarrollo profesional, son elementos clave para fomentar una mayor fertilidad.

En definitiva, la investigación de nueva generación sobre cómo las políticas, instituciones y normas influyen en las tasas de fertilidad puede proporcionar una guía valiosa para diseñar estrategias más efectivas y encaminadas hacia un futuro en el que las familias sean más sólidas y las poblaciones se mantengan prósperas. Al abordar estos desafíos con determinación y visión a largo plazo, podremos construir una sociedad en la que las familias florezcan y las oportunidades para las generaciones futuras sean más prometedoras.

El nuevo problema sin nombre

Este artículo fue originalmente publicado en el suplemento de economía de la diaria.

Ilustración: Luciana Peinado

En 1963, Betty Friedman escribió sobre las mujeres con estudios universitarios que se sentían frustradas como madres que se quedaban en casa, señalando que su problema “no tiene nombre”. Casi sesenta años después, las licenciadas universitarias están en gran medida en la carrera profesional, pero sus ingresos y ascensos -en relación con los de los hombres con los que se licenciaron- siguen haciéndoles parecer que se les ha apartado. Ellas también tienen un “problema sin nombre”. Pero su problema tiene muchos nombres: discriminación sexual, discriminación por género, techo de cristalmommy trackleaning out1… elige el que quieras. Y el problema parece tener soluciones inmediatas. Debemos enseñar a las mujeres a ser más competitivas y a negociar mejor. Hay que denunciar los prejuicios implícitos de los directivos. El gobierno debería imponer mandatos de paridad de género en los consejos de administración de las empresas y hacer cumplir la doctrina de igual salario por igual trabajo.

Las mujeres de Estados Unidos y de otros países claman cada vez con más fuerza por una respuesta de este tipo. Sus preocupaciones salpican los titulares nacionales (y las tapas de los libros). ¿Necesitan más empuje? ¿Necesitan más lean in?2 ¿Por qué las mujeres no pueden ascender en la empresa a la misma velocidad que los hombres? ¿Por qué no se las remunera al nivel que merecen por su experiencia y antigüedad?

Otras dudas más privadas acechan a muchas mujeres, dudas que comparten en sus relaciones íntimas o que quedan relegadas a conversaciones privadas con amigos íntimos. ¿Deberías salir con alguien cuya carrera te consuma tanto tiempo como la tuya? ¿Deberías posponer tener una familia, aunque estés segura de quererla? ¿Deberías congelar tus óvulos si no tienes pareja a los treinta y cinco? ¿Estás dispuesta a renunciar a una carrera ambiciosa (tal vez una que has estado preparando desde la universidad) para criar a tus hijos? Si no lo estás, ¿quién preparará los almuerzos, recogerá a tu hijo del entrenamiento de natación y responderá a la llamada de la enfermera del colegio?

Las mujeres siguen sintiéndose menospreciadas. Se quedan atrás en sus carreras y ganan menos que sus maridos y colegas masculinos. Se les dice que sus problemas son cosa suya. No compiten con la suficiente agresividad ni negocian lo suficiente; no reclaman un sitio en la mesa y, cuando lo hacen, no piden lo suficiente. Pero a las mujeres también se les dice que sus problemas no son obra suya, incluso cuando los problemas son su perdición. Se aprovechan de ellas, las discriminan, las acosan y las excluyen del “club de los varones”.

Todos estos factores son reales. Pero ¿son la raíz del problema? ¿Son la causa de la gran diferencia salarial y profesional entre hombres y mujeres? Si todos ellos se solucionaran milagrosamente, ¿el mundo de las mujeres y los hombres, el mundo de las parejas y los padres jóvenes sería completamente diferente? ¿O estamos ante un “nuevo problema sin nombre”?

Convergencia de roles

De los muchos avances de la sociedad y la economía en el último siglo, el papel convergente de hombres y mujeres es uno de los más destacados. Se ha producido un estrechamiento entre hombres y mujeres en cuanto a la educación, cuidado no remunerado y resultados del mercado laboral. Estas partes de la gran convergencia de género ocupan varios capítulos metafóricos en la historia de los roles de género en la economía y la sociedad. Pero ¿qué debe haber en el último capítulo para que haya igualdad real?

La respuesta puede sorprender, según Goldin. La solución no pasa necesariamente por la intervención del Estado. No tiene que mejorar la capacidad de negociación de las mujeres ni su deseo de competir. Y no tiene por qué hacer a los hombres más responsables en el hogar (aunque no estaría de más). Pero debe implicar alteraciones en el mercado laboral, en particular cambiar cómo se estructuran y remuneran los trabajos para aumentar la flexibilidad temporal. Las diferencias salariales entre hombres y mujeres se reducirían considerablemente e incluso podrían desaparecer si las empresas no tuvieran incentivos para recompensar de forma desproporcionada a las personas que trabajan muchas horas y a las que trabajan determinadas horas. Este cambio ya se ha producido en varios sectores, pero no en los suficientes.

Career and Family: Women’s Century-Long Journey Toward Equity ofrece un relato detallado de la evolución histórica de los roles de género en Estados Unidos (el análisis es igualmente relevante para el público internacional) y su impacto en la vida profesional y personal de las mujeres.

Diferencias salariales entre hombres y mujeres

La pandemia amplió algunos problemas, aceleró otros y sacó a la luz otros tantos que llevaban enconándose mucho tiempo. Pero el tira y afloja entre los cuidados y el trabajo al que nos enfrentamos precedió en muchas décadas a esta catástrofe mundial. De hecho, el camino hacia la consecución, y luego el equilibrio, de la carrera profesional y la familia lleva en marcha más de un siglo.

Durante gran parte del siglo XX, la discriminación de la mujer fue un obstáculo importante para poder desarrollar una carrera profesional. Los documentos históricos de los años 30 a los 50 revelan indicios evidentes de prejuicios y discriminación en el empleo y los ingresos. Incluso durante el tenso mercado laboral de finales de la década de 1950, los representantes de las empresas afirmaban categóricamente: “No se contrata a madres de niños pequeños”, “No se anima a las mujeres casadas con […] bebés a que vuelvan a trabajar” y “El embarazo es causa de dimisión voluntaria [aunque] la empresa se alegra de que las mujeres vuelvan cuando los niños estén, quizás, en la escuela secundaria”.

Los obstáculos al matrimonio -leyes y políticas empresariales que restringían el empleo de las mujeres casadas- estuvieron muy extendidos hasta la década de 1940. Se transformaron en prohibiciones de embarazo y políticas de contratación que excluían a las mujeres con bebés y niños pequeños. Innumerables puestos de trabajo estaban restringidos por sexo, estado civil y, por supuesto, etnia. Actualmente, ya no se ven armas humeantes tan explícitas. Los datos muestran que la verdadera discriminación salarial y laboral, aunque importante, es relativamente pequeña. Esto no significa que muchas mujeres no sufran discriminación y prejuicios o que el acoso y la agresión sexual no existan en el lugar de trabajo.

Entonces, ¿por qué persisten las diferencias salariales cuando la igualdad de género en el trabajo parece estar por fin a nuestro alcance y en un momento en que hay más profesiones abiertas a las mujeres que nunca? ¿Reciben las mujeres un salario inferior por el mismo trabajo? En general, ya no tanto. La discriminación salarial en términos de ingresos desiguales por el mismo trabajo representa una pequeña fracción de la brecha salarial total. Hoy en día, el problema es otro.

Algunos atribuyen las diferencias salariales entre hombres y mujeres a la “segregación ocupacional”, es decir, a la idea de que las mujeres y los hombres se seleccionan a sí mismos, o son empujados, a determinadas profesiones estereotipadas en función del género (como enfermera frente a médico, maestra frente a profesor), y que esas profesiones elegidas se pagan de forma diferente. Los datos son algo distintos. En las casi quinientas profesiones que figuran en el censo de Estados Unidos, dos tercios de las diferencias salariales entre hombres y mujeres se deben a factores internos de cada profesión. Incluso si las ocupaciones de las mujeres siguieran la distribución masculina -si las mujeres fueran los médicos y los hombres las enfermeras- sólo se eliminaría, como mucho, un tercio de la diferencia de ingresos entre hombres y mujeres. Por lo tanto, sabemos empíricamente que la mayor parte de la diferencia salarial se debe a otras causas.

Los datos longitudinales permiten ver que nada más salir de la universidad, los salarios de hombres y mujeres son sorprendentemente similares. Hombres y mujeres empiezan casi en igualdad de condiciones. Tienen oportunidades muy similares, pero hacen elecciones algo diferentes.

No es hasta más adelante en sus vidas, unos diez años después de la graduación universitaria, cuando se hacen evidentes las grandes diferencias salariales entre hombres y mujeres. Trabajan en diferentes sectores del mercado, para diferentes empresas. Como era de esperar, estos cambios suelen comenzar uno o dos años después del nacimiento de un hijo y casi siempre repercuten negativamente en la carrera profesional de las mujeres.

La brecha salarial de género es el resultado de la brecha profesional. La brecha profesional está en la raíz de la desigualdad de pareja. Para comprender realmente lo que esto significa, tenemos que hacer un viaje a través del papel de la mujer en la economía estadounidense y considerar cómo se ha transformado a lo largo del último siglo.

La autora se centra en las mujeres universitarias, ya que son las que han tenido más oportunidades de conseguir una carrera profesional y su número lleva tiempo creciendo. Las mujeres, por supuesto, no siempre superaron a los hombres en número de licenciados universitarios. En 1980, la ventaja de los hombres se había evaporado. Desde entonces, cada año se gradúan más mujeres que hombres de licenciaturas. Y no sólo se gradúan en un número récord, sino que cada vez apuntan más alto. Ahora más que nunca, estas graduadas aspiran a obtener títulos de posgrado de primer nivel y a desarrollar carreras profesionales exigentes.

El tiempo es un gran ecualizador. Todos tenemos la misma cantidad y debemos tomar decisiones difíciles a la hora de repartirlo. El problema fundamental para las mujeres que intentan alcanzar el equilibrio entre una “carrera profesional de éxito” y una “familia feliz” son los conflictos de tiempo. Estas grandes decisiones sobre la distribución del tiempo de las mujeres universitarias comienzan en torno al momento en que obtienen su licenciatura y tienen consecuencias dinámicas.

En 1961, la píldora había sido inventada, aprobada por la FDA3 y adquirida por un gran número de mujeres casadas. La píldora proporcionó a las universitarias una nueva capacidad para planificar sus vidas y obviar la primera de las restricciones. Podían matricularse en estudios de posgrado que requerían mucho. El matrimonio y los hijos podían retrasarse el tiempo suficiente para que una mujer pudiera sentar las bases de una carrera profesional sostenible. Fue entonces cuando las cosas empezaron a cambiar radicalmente. A partir de 1970, la edad del primer matrimonio empezó a aumentar, y siguió subiendo año tras año.

Esquina de las calles Sarandí y Juncal, Ciudad Vieja, en la década de 1910.
Foto: CdF, s/d de autor

Para las mujeres que quieren tener una familia, esperar hasta los treinta y tantos años para tener su primer hijo es un obstáculo para tener éxito en la parte familiar. Sin embargo, las mujeres con estudios universitarios han conseguido vencer las probabilidades por diversos medios, incluido el uso de tecnologías de reproducción asistida. La proporción de mujeres con hijos ha aumentado sorprendentemente entre las que han cumplido recientemente los 45 años. El aumento de la tasa de natalidad no disminuye las frustraciones, la tristeza y el dolor físico de quienes lo intentaron y no lo consiguieron. Para las que sí lo consiguieron, no significa que puedan mantener sus carreras. El momento es brutal.

Aun con todas estas dificultades, muchas cosas han cambiado históricamente en sentido positivo, acercándonos a una mayor autoeficacia de las mujeres y a una mayor igualdad de género. Las mujeres controlan mejor su fertilidad. Se casan más tarde. Las mujeres son ahora la inmensa mayoría de los licenciados universitarios. Multitud de ellas acceden a programas profesionales y de posgrado y se gradúan entre las mejores de sus clases. Las mejores empresas, organizaciones y departamentos las contratan. ¿Qué ocurre, entonces?

Si la carrera de una mujer tiene posibilidades de prosperar y consigue tener hijos, surge el conflicto temporal definitivo. Los hijos requieren tiempo. Las carreras llevan tiempo. Ni siquiera las parejas más ricas pueden contratar todos los cuidados.

La limitación de tiempo fundamental es negociar quién estará de guardia en casa, es decir, quién dejará la oficina y estará en casa en caso de apuro. Ambos padres podrían estarlo. Esa equidad de pareja supondría el reparto definitivo al cincuenta por ciento. Pero ¿cuánto costaría a la familia? Mucho, una realidad de la que las parejas son ahora más conscientes que nunca.

¿El nuevo problema sin nombre? Los trabajos codiciosos

Los trabajos codiciosos hacen que las parejas con hijos u otras responsabilidades de cuidado salgan ganando si se especializan un poco. Esta especialización no significa volver a los cincuenta. Las mujeres seguirán ejerciendo carreras exigentes. Pero un miembro de la pareja estará de guardia en casa, listo para abandonar la oficina o el lugar de trabajo en cuanto se le avise. Una persona tendrá un puesto con una flexibilidad considerable y normalmente no se esperará que responda a un correo electrónico o a una llamada a las diez de la noche. El otro padre, sin embargo, estará de guardia en el trabajo y hará justo lo contrario. El impacto potencial en el ascenso y los ingresos es obvio.

Los empleos que exigen más horas de trabajo y menos flexibilidad se han pagado desproporcionadamente más, mientras que los ingresos en otros empleos se han estancado. Las mujeres han estado nadando contracorriente, aguantando el tirón, pero yendo contra una fuerte corriente de desigualdad endémica de ingresos. El trabajo codicioso también significa que se ha desechado, y se seguirá desechando, la equidad de pareja por el aumento de los ingresos familiares. Y cuando la equidad de pareja se tira por la ventana, la igualdad de género generalmente se va con ella, excepto entre las uniones del mismo sexo. Las normas de género que hemos heredado se refuerzan de muchas maneras para asignar a las madres una mayor responsabilidad en el cuidado de los hijos y a las hijas mayores una mayor responsabilidad en el cuidado de la familia.

Pensemos en un matrimonio: Isabel y Lucas (inspirado en una pareja que Goldin conoció hace varios años). Ambos se licenciaron en la misma universidad y más tarde obtuvieron idénticos títulos en tecnología de la información (TI). Luego fueron contratados por la misma empresa, a la que llamaremos InfoServices.

InfoServices les dio a elegir entre dos puestos. El primer puesto tiene un horario estándar y ofrece la posibilidad de flexibilidad en las horas de entrada y salida. El segundo tiene horas de guardia imprevisibles por la noche y los fines de semana, aunque el número total de horas anuales no aumenta necesariamente mucho. El segundo puesto se paga un 20% más, para atraer talento dispuesto a trabajar con horarios y días inciertos. También es el puesto a partir del cual InfoServices selecciona a sus directivos. Es el puesto “codicioso”, y tanto Isabel como Lucas optaron inicialmente por él. Igual de capaces e igual de libres de obligaciones externas, los dos pasaron unos años trabajando al mismo nivel y con el mismo sueldo.

Al final de la veintena, Isabel decidió que necesitaba más flexibilidad y espacio en su vida, para poder pasar más tiempo con su madre enferma. Se quedó en InfoServices, pero optó por un puesto que, aunque exigía el mismo número de horas, era más flexible en cuanto a las horas que había que trabajar. Era menos codicioso en sus exigencias y menos generoso en su remuneración.

Cuando la pareja decidió tener un hijo, al menos uno de los padres tenía que estar disponible de guardia. No podían trabajar los dos en el puesto que tenía Lucas, con su horario inflexible e imprevisible. Si lo hacían, ninguno de los dos estaría disponible en caso de que llamara la enfermera del colegio o la guardería del niño cerrara de repente en mitad del día. Si el puesto requería que estuvieran en la oficina los jueves exactamente a las once de la mañana, tendrían que limitarse a esperar que su hijo no se cayera del columpio a esa hora o que un familiar mayor no tuviera cita con el médico en ese momento.

Ambos podrían haber trabajado en el puesto de Isabel. Pero, sobre todo porque estaban planeando una familia, no podían permitirse esa decisión. Hacerlo significaría que cada uno renunciara a la cantidad de ingresos adicionales por semana que aportaba Lucas. Si querían compartir el cuidado de los niños al cincuenta por ciento, tenían que sopesar ese deseo con lo que les costaría. Podría ser mucho, lo suficientemente importante como para que tuvieran que sacrificar el ingreso de la pareja a cambio de unos mayores salarios familiares. Como ocurre con la mayoría de las parejas heterosexuales que esperan un hijo, Isabel se quedó en la posición flexible mientras que Lucas se quedó en la más codiciosa.

Lucas siguió ganando más que Isabel, y la diferencia de ingresos no hizo más que aumentar después de tener hijos. Él consiguió los ascensos; ella, no. Para otras parejas en puestos similares, la diferencia salarial podría aumentar aún más antes de tener hijos, ya que las parejas que planean formar una familia suelen trasladarse para optimizar las posibilidades de empleo, sobre todo las del marido. Esta es una gran parte de las razones por las que la diferencia salarial entre hombres y mujeres sigue siendo sustancial.

Elegir horarios largos y exigentes está bien para las mujeres que acaban de salir de la universidad y para las que tienen menos responsabilidades domésticas. Pero cuando llega el bebé, las prioridades cambian. Los cuidados primarios consumen mucho tiempo y, de repente, las mujeres están de guardia en casa. Para estar más disponibles para sus familias, deben estar menos disponibles para sus jefes y clientes. En consecuencia, tienden a reducir el horario o a aceptar empleos en sectores del mercado que ofrecen más flexibilidad, y ganan mucho menos. Estas responsabilidades se reducen a medida que los hijos crecen y se hacen más independientes, y los ingresos de las mujeres aumentan en relación con los de los hombres en esos momentos. Pero otras exigencias familiares suelen aparecer algo más tarde en la vida, sustituyendo a las menores exigencias de los hijos.

La historia de Isabel y Lucas no es inusual. Cuando los licenciados universitarios encuentran pareja y empiezan a planificar una familia, se enfrentan a la disyuntiva de elegir entre un matrimonio de iguales o un matrimonio con más dinero.

Y, entonces, ¿qué debe contener el último capítulo?

Al principio del viaje en el que nos pilotea Goldin, cuando había enormes diferencias entre la educación de hombres y mujeres y cuando llevar una casa requería mucho más tiempo y trabajo, nadie podía imaginar cuáles serían los últimos impedimentos para la igualdad de condiciones: la estructura del trabajo y nuestras instituciones de cuidados.

Cada generación de mujeres del siglo XX dio un paso más en este camino, mientras una serie de avances en el hogar, la empresa, la educación y la anticoncepción allanaban el camino para este progreso. Cada generación amplió sus horizontes, aprendiendo de los éxitos y fracasos de la generación precedente y dejando lecciones para la siguiente oleada de mujeres. Cada generación pasó el bastón a la siguiente. El viaje nos ha llevado de la disyuntiva de tener una familia o una carrera a la posibilidad de tener una carrera y una familia. También ha sido un viaje hacia una mayor igualdad salarial y de pareja. Es una progresión complicada y polifacética que sigue desarrollándose.

Aunque hemos alcanzado una era de igualdad sin precedentes entre hombres y mujeres en lo económico, en cierto modo seguimos viviendo en la Edad Media. Nuestras estructuras laborales y de cuidados son reliquias de un pasado en el que sólo los hombres tenían carrera y familia. Toda nuestra economía está atrapada en una vieja forma de funcionar, obstaculizada por métodos primitivos de dividir las responsabilidades. Algo tiene que ceder.

A medida que aumenta el número de mujeres que aspiran a tener una carrera profesional, una familia y una pareja igualitaria, y a medida que aumenta el número de parejas que se enfrentan a demandas de tiempo que compiten entre sí, es imperativo que entendamos lo que la brecha económica de género revela realmente sobre nuestra economía y nuestra sociedad, para que podamos trabajar hacia soluciones que la cierren y hagan que el trabajo y la vida sean más equitativos para todos.

El último capítulo debe referirse a cómo se asigna, utiliza y remunera el tiempo de los trabajadores y debe implicar una reducción de la dependencia de la remuneración de determinados segmentos de tiempo. Debe implicar una mayor independencia y autonomía para determinados tipos de trabajadores y la capacidad de los trabajadores para sustituirse sin problemas. La flexibilidad en el trabajo se ha convertido en una ventaja apreciada, pero la flexibilidad tiene menos valor si tiene un alto precio en términos de ingresos. Los distintos tipos de flexibilidad temporal requieren cambios en la estructura del trabajo para que su coste sea reducido.

Hay muchas profesiones y sectores que han evolucionado hacia una flexibilidad menos costosa. Cuando los clientes perciben que hay un mayor grado de sustituibilidad entre los trabajadores, surge un esquema de pagos más lineal.

Algunos cambios se han producido de forma orgánica, a menudo debido a las economías de escala, otros han sido impulsados por la presión de los empleados y otros se han producido porque las empresas quieren reducir los costes laborales. No todos los puestos pueden cambiarse. Siempre habrá puestos 24/7, con empleados y directivos de guardia y a todas horas. Pero, dicho esto, la lista de puestos que pueden cambiarse es considerable.

Lo que debe contener el último capítulo para la igualdad de género no es un juego de suma cero en el que las mujeres ganan y los hombres pierden. Este asunto no es sólo cosa de mujeres. Muchos trabajadores se beneficiarán de una mayor flexibilidad, aunque los que no valoran esta comodidad probablemente perderán por su menor precio. Los sectores de rápido crecimiento de la economía y las nuevas industrias y ocupaciones parecen avanzar en la dirección de una mayor flexibilidad y una mayor linealidad de los ingresos con respecto al tiempo trabajado. El último capítulo necesita que otros sectores sigan su ejemplo.


  1. “Techo de cristal” es un término empleado para referirse a las barreras invisibles, difíciles de traspasar, que representan los límites a los que se enfrentan las mujeres en su carrera profesional, no por una carencia de preparación y capacidades, sino por la misma estructura institucional. El término mommy track alude a una carrera que permite a la madre un horario de trabajo flexible o reducido, pero que tiende a frenar o bloquear la promoción profesional. 
  2. Lean in es un término acuñado por Sheryl Sandberg que habla de animar a las mujeres a perseguir sus ambiciones y de cambiar la conversación de lo que no podemos hacer a lo que “podemos hacer”. Animar a las mujeres a ser más firmes, especialmente en el lugar de trabajo. Por otra parte, lean out es un movimiento en contra del último y desmiente la sabiduría convencional sobre la brecha de género. Sugiere que el paradigma de liderazgo actual surge de una visión masculina del mundo, y que el éxito depende de que las mujeres actúen más como hombres. 
  3. La Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés) es una agencia del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos. 

La economía, sesgada a la opinión de los hombres

Este artículo fue originalmente publicado en el suplemento “Economía y mercado” del diario “El País” en coautoría con Lucila Arboleya el 28 de febrero de 2022.

La ausencia de mujeres en STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemática, por sus siglas en inglés) es prácticamente un hecho de público conocimiento. Solo un 35% de los estudiantes en STEM en la educación terciaria global son mujeres (Unesco, 2017). En Uruguay, la matrícula de Ingeniería/Físico Matemático de sexto año de liceo presenta el menor porcentaje de mujeres (34%). Esto después se perpetúa en el mercado laboral, donde los hombres representan el 55% de la población ocupada total, frente al 76% en sectores relacionados con STEM (en general mejor pago y con buena salida laboral) (ANII, 2008).

La disciplina económica no es muy distinta. Algunas estimaciones muestran que podría ser de las peores para ser mujer, con porcentajes de participación por debajo del promedio STEM. Datos de Estados Unidos entre 1995 y 2014 muestran que el porcentaje de estudiantes mujeres que se graduaron de la licenciatura en economía (29% en 2014) casi no cambió en las últimas dos décadas, mientras que hubo mejoras en otros campos, incluido STEM. Las cifras son similares para las mujeres que obtuvieron doctorados de economía (Bayer y Rouse, 2016).

La sub-representación ocurre a través de la “cadena de valor”. Por ejemplo, las mujeres representan menos del 15% de los profesores titulares en los departamentos de economía de EE.UU. y menos del 30% de los profesores asociados en 2020. Cifras más alentadoras que hace 25 años (7% y 14% respectivamente), pero la brecha todavía es grande (1). En Uruguay, la participación de mujeres en el Sistema Nacional de Investigadores decrece conforme se avanza en la estructura jerárquica. Las mujeres siguen concentradas en los primeros niveles y tienen una probabilidad menor de ser aceptadas (Gandelman y Bukstein, 2019) (7,1 puntos porcentuales).

La presencia de mujeres también es escasa entre las posiciones más prestigiosas del ámbito económico. “Solo ocho de los 140 presidentes de la FED desde 1914 han sido mujeres, al igual que apenas una quinta parte de los miembros actuales de la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER), uno de los grupos de expertos en política económica más influyentes de los EE.UU.” (2). Christine Lagarde fue la primera mujer en ser Ministra de Finanzas de una economía del G8 en 2007 y primera mujer al frente del FMI en 2011 (el FMI existe desde 1945). En Uruguay, Azucena Arbeleche es la primera mujer al mando del Ministerio de Economía y Finanzas. Al menos tenemos un ejemplo de inspiración para las niñas en 200 años de historia.

¿Por qué hay menos mujeres?

Las razones son múltiples y requeriría, al menos, otra columna, pero algunas de las causas principales incluyen sesgos y replicación de estereotipos. En la infancia, a los niños se les dan camiones y a las niñas muñecas. En el liceo las orientaciones STEM todavía son elecciones “de hombre”. De hecho, un estudio encuentra que las mujeres aparecen menos en los ejemplos de los libros de introducción a la economía, y son relegadas a papeles menores (Stevenson y Zlotnick, 2018). Y los sesgos continúan. Un reciente estudio que analiza las cartas de recomendación para el primer trabajo muestra que las mujeres son sistemáticamente más propensas a ser elogiadas por ser trabajadoras y, a veces, menos propensas a ser elogiadas por su capacidad. “Las mujeres son ‘trabajadoras’ y los hombres, ‘brillantes’” (Eberharhardt, 2022).

La falta de modelos donde inspirarse, networks o mentorías es otro problema. La ausencia de mujeres en posiciones de liderazgo afecta las expectativas de las niñas, y eventualmente sus decisiones.

El sector tampoco ha estado ausente de escándalos de acoso sexual, incluso entre economistas prestigiosos de universidades de élite. Tanto que hasta Ben Bernanke dijo hace poco que “la economía claramente tiene un problema… la profesión tiene lamentablemente una reputación de hostilidad hacia mujeres y minorías.” (TNYT, 2019)

¿Por qué importa?

La economía estudia fenómenos de la sociedad y por eso es importante una mirada amplia y representativa. No es sólo más justo, sino que además puede llevar a resultados más robustos. Las mujeres no siempre tienen opiniones similares a los hombres (por ejemplo, sobre el nivel de equidad de una sociedad, el grado de regulación óptimo de una economía, etc.) (May et al., 2018) Estos priors diferentes traen diversidad que enriquece la investigación y la opinión pública.

Los economistas cumplen un rol particular en ser “formadores de opinión” en las sociedades, en muchos casos con fuerte influencia sobre decisiones del ámbito público y privado. La ausencia de mujeres en estos espacios y la amplificación de las mismas voces (en muchos casos economistas hombres replicando sobre todo opiniones de otros economistas hombres) genera un círculo vicioso —a veces no intencional— que deviene en menor visibilidad y participación de economistas mujeres en la discusión económica de los países.

Reconocer que existe esta brecha —especialmente por economistas hombres— sería un primer paso para reducirla. En un mundo ideal no habría que estar contando mujeres en conferencias, academia ni espacios de opinión. Hablamos por muchas mujeres al decir que esto no es algo que hagamos con placer. A nosotras también nos aburre. Pero a veces las diferencias son tan evidentes que rompen los ojos, y son sólo un primer síntoma de un problema profundo. Algo para pensar de camino a un nuevo 8 de marzo.

(1) American Economic Association, 2021, https://www.aeaweb.org/content/file?id=13968

(2)  The Conversation, 2021, “The gender gap in economics is huge – it’s even worse than tech.”

Un Premio Nobel para una revolución en la economía

Este artículo fue originalmente publicado en el suplemento de economía de la diaria.

La Real Academia Sueca premió a David Card por su contribución empírica a la economía laboral y también a la dupla de Joshua Angrist y Guido Imbens por sus aportes metodológicos al establecimiento de relaciones causales.

Las mañanas en las que se otorga el Nobel de Economía son como un ritual, los miembros del comité se preparan para anunciarlo y la prensa se silencia por completo. Este año la Academia se hizo esperar un poco más, dado que no lograron contactar a tiempo a todos los galardonados. Pero el momento esperado llegó, y la Real Academia Sueca premió a David Card por su contribución empírica a la economía laboral y también a la dupla de Joshua Angrist y Guido Imbens por sus aportes metodológicos al establecimiento de relaciones causales. Los galardonados de este año han demostrado que los experimentos naturales pueden utilizarse para responder cuestiones fundamentales para la sociedad, como el efecto de los salarios mínimos y la inmigración en el mercado laboral. Asimismo, han aclarado exactamente qué conclusiones sobre la causa y el efecto pueden extraerse utilizando este enfoque de investigación. En pocas palabras, revolucionaron la investigación empírica en economía.

Claro, ganar el Premio Nobel de Economía puede ser uno de los logros más importantes de la carrera de David Card. Y, sí, además de la medalla de oro, se reparte más de un millón de dólares con los otros dos ganadores del premio de 2021, Joshua Angrist y Guido Imbens. Pero eso es solo la torta. También está la frutilla. David Card da clases en la Universidad de Berkeley, por lo que convertirse en premio Nobel conlleva una ventaja adicional: estacionamiento gratuito de por vida. En serio.

“Sí, profesor Card, además de su Premio Nobel –y, de hecho, gracias a él–, me complace concederle una codiciada plaza de estacionamiento cerca de su oficina”, dijo la rectora de la Universidad de Berkeley, Carol T. Christ, la mañana del anuncio del Nobel. “Me han dicho que, al igual que muchos miembros de la facultad de Berkeley, usted va en bicicleta al trabajo, así que déjeme ver cómo podríamos crear un lugar especial para que la estacione”.

En cuanto al premio en sí, añade un toque oficial a algo que los aficionados a la economía ya sabemos de Card: su trabajo, realizado a menudo en colaboración con su difunto coautor Alan Krueger[1], ha reformado completamente el campo de la economía. Los economistas consideran su trabajo una de las primeras salvas de lo que a veces se denomina la “revolución de la credibilidad” o la revolución empírica. Esto se refiere a un movimiento en la economía para crear diseños de investigación innovadores, con el objetivo de encontrar pruebas creíbles para responder a cuestiones políticas importantes. Hasta el momento, en la disciplina predominaba la teoría económica y algunos intentos empíricos esquivos. Tras los primeros disparos de Card y Krueger, Joshua Angrist y Guido Imbens, quienes lavaban su ropa los sábados a la mañana mientras conversaban sobre diseños metodológicos como profesores ayudantes en Harvard, entraron en paracaídas y dieron a la revolución otra victoria al desplegar armas aún más sofisticadas desde el punto de vista estadístico.

Pero… ¿qué son los experimentos naturales?


Muchas preguntas importantes son sobre la causa y el efecto. Si queremos tomar buenas decisiones, debemos comprender las consecuencias de nuestras elecciones. Esto se aplica tanto a los individuos como a los responsables de las políticas públicas: los jóvenes que toman decisiones educativas quieren saber cómo éstas podrían afectar a sus ingresos futuros; los políticos que están considerando una serie de reformas quieren saber cómo éstas podrían afectar al empleo y a la distribución de los ingresos. Sin embargo, no es fácil responder preguntas generales sobre la causa y el efecto, porque nunca sabremos qué habría pasado si hubiéramos hecho una elección diferente.

La manera ideal de responder estas preguntas y establecer causalidad es utilizar experimentos aleatorios, en los que los investigadores asignan a los individuos a grupos de tratamiento mediante un sorteo. Esto se realiza en otras áreas de investigación, por ejemplo, en medicina: un grupo similar puede ser dividido en dos, uno prueba una pastilla nueva mientras otro testea una pastilla placebo. No obstante, en las ciencias sociales esto es muy complejo de realizar, ya sea por razones logísticas, políticas o éticas; lógicamente, no podríamos hacer un experimento aleatorio para determinar quién va a la escuela secundaria superior y quién no con el fin de estimar el efecto de la educación en los salarios. A pesar de estos problemas, los galardonados han demostrado que es posible responder a muchas de las grandes preguntas de la sociedad. ¿Su solución? Utilizar experimentos naturales, es decir, situaciones que surgen en la vida real y que se asemejan a los experimentos aleatorios. Estos experimentos naturales pueden deberse a variaciones aleatorias espontáneas, normas institucionales o cambios políticos.

Los experimentos naturales difieren de los ensayos clínicos en un aspecto importante: en un ensayo clínico, el investigador tiene un control total sobre a quién se le ofrece un tratamiento y finalmente lo recibe (el grupo de tratamiento) y a quién no se le ofrece el tratamiento y por lo tanto no lo recibe (el grupo de control). En un experimento natural, el investigador también tiene acceso a los datos de los grupos de tratamiento y de control pero, a diferencia de un ensayo clínico, los propios individuos pueden haber elegido si quieren participar en la intervención que se les ofrece. Esto hace que sea mucho más difícil interpretar los resultados de un experimento natural. En un innovador estudio de 1994, Joshua Angrist y Guido Imbens demostraron qué conclusiones sobre la causalidad puede extraerse de los experimentos naturales en los que no se puede obligar a las personas a participar en el programa estudiado (ni prohibirles que lo hagan). La metodología que crearon ha cambiado radicalmente la forma en que los investigadores abordan cuestiones empíricas utilizando ya sea datos de experimentos naturales o aleatorios.

Un ejemplo de experimento natural

Utilicemos un ejemplo concreto para ilustrar cómo funciona un experimento natural. Una pregunta clásica es, ¿cómo estimar el efecto de la educación en los ingresos? Las personas con mayor escolarización ganan más, pero ¿se debe a la escolaridad o a que las personas que obtienen mayor escolaridad tienen más capacidad? Joshua Angrist y su colega Alan Krueger mostraron cómo se podía hacer en un artículo fundacional. La estrategia de los investigadores fue utilizar la correlación entre el trimestre de nacimimiento de un estudiante y sus años de educación para estimar el efecto de la escolarización en los ingresos. ¿Qué? ¿Qué puede tener que ver el trimestre de nacimiento de un estudiante con la cantidad de educación que recibe? ¿Se trata de un extraño tipo de astrología económica? Pues no, en Estados Unidos, durante muchas décadas, una persona podía dejar la escuela a los 16 años. Además, un niño nacido a finales de diciembre puede empezar el primer curso antes que un niño, casi de la misma edad, nacido a principios de enero. Si se juntan estas dos particularidades, se obtiene que las personas nacidas en el cuarto trimestre tienen un poco más de probabilidades de tener un poco más de educación que los estudiantes similares nacidos en el primer trimestre. Cuando Angrist y Krueger compararon a las personas nacidas en el primer y el cuarto trimestre del año, es decir, personas cuya única diferencia aparente es haber nacido unos días aparte, vieron que el primer grupo tenía, en promedio, menos años de educación. Las personas nacidas en el primer trimestre también tenían menos ingresos que las nacidas en el cuarto trimestre. Por lo tanto, en la edad adulta tenían menos estudios y menos ingresos que los nacidos en el último trimestre del año.

Dado que el trimestre de nacimiento es aleatorio, es decir, no es elegido adrede, es como si alguien asignara al azar a algunos estudiantes para que recibieran más educación que otros, por lo que Angrist y Krueger descubrieron un experimento aleatorio en datos naturales. El siguiente paso era ver cómo varían los ingresos con el trimestre de nacimiento. Las personas nacidas en el primer trimestre tienen una educación ligeramente inferior a la de las personas nacidas en el cuarto trimestre y las personas nacidas en el primer trimestre tienen unos ingresos ligeramente inferiores a los de las personas nacidas en el cuarto trimestre. El efecto sobre los ingresos es pequeño, en torno a 1%, pero hay que recordar que el trimestre de nacimiento sólo cambia la educación en aproximadamente 0,1 años, por lo que dividiendo lo primero por lo segundo se obtiene una estimación que implica que un año más de educación aumenta los ingresos en un saludable 10%.

Sería fácil creer que las situaciones que permiten realizar experimentos naturales son muy inusuales, especialmente las que pueden servir para responder preguntas importantes. Las investigaciones realizadas en los últimos 30 años han demostrado que no es así: los experimentos naturales se producen con frecuencia. Por ejemplo, pueden surgir debido a los cambios de política en algunas regiones de un país, a los límites de admisión en la educación superior o a los umbrales de ingresos en los sistemas fiscales y de prestaciones, lo que significa que algunos individuos están expuestos a una intervención mientras que otros, similares, no lo están. Por lo tanto, existe una aleatoriedad involuntaria que divide a las personas en grupos de control y de tratamiento, lo que ofrece a los investigadores la oportunidad de descubrir relaciones causales.

Comprender los mercados de trabajo

Los efectos de un salario mínimo

A principios de la década de 1990, la teoría económica afirmaba que un aumento en los salarios mínimos provocaba un descenso del empleo porque aumentaba los costos salariales de las empresas. Sin embargo, las pruebas que apoyaban esta conclusión no eran del todo convincentes; de hecho, había muchos estudios que indicaban una correlación negativa entre los salarios mínimos y el empleo, pero ¿significaba esto realmente que el aumento de los salarios mínimos conducía a un mayor desempleo?

Para investigar cómo el aumento de los salarios mínimos afecta al empleo, Card y Krueger utilizaron un experimento natural. A principios de la década de 1990, el salario mínimo por hora en Nueva Jersey pasó de 4,25 dólares a 5,05 dólares. El mero hecho de estudiar lo que ocurrió en Nueva Jersey después de este aumento no da una respuesta fiable a la pregunta, ya que hay otros muchos factores que pueden influir en la evolución de los niveles de empleo a lo largo del tiempo. Al igual que en los experimentos aleatorios, era necesario un grupo de control, es decir, un grupo en el que los salarios no cambiasen pero todos los demás factores fuesen los mismos.

Card y Krueger “aprovecharon” que no se produjo ningún aumento en el estado vecino de Pensilvania. Por supuesto, había diferencias entre los dos estados, pero es probable que los mercados laborales evolucionaran de forma similar cerca de la frontera. Así que estudiaron los efectos sobre el empleo en dos zonas vecinas –Nueva Jersey y el este de Pensilvania– que tienen un mercado laboral similar, pero en las que el salario mínimo se incrementó a un lado de la frontera pero no al otro. No había ninguna razón aparente para creer que algún factor (como la situación económica), aparte del aumento del salario mínimo, afectara las tendencias del empleo de forma diferente a ambos lados de la frontera. De esta manera, si se observaba un cambio en el número de empleados en Nueva Jersey, y éste difería de cualquier cambio en el otro lado de la frontera, había buenas razones para interpretarlo como un efecto del aumento del salario mínimo.

Los investigadores se centraron en el empleo en los restaurantes de comida rápida, un sector en el que la remuneración es baja y el salario mínimo es importante. De esta manera, estimaron el efecto del salario mínimo en Nueva Jersey calculando la diferencia en el empleo en Nueva Jersey antes y después de la ley y luego restando la diferencia en el empleo en Pensilvania antes y después de la ley. Al restar la diferencia de Pensilvania (es decir, lo que habría ocurrido en Nueva Jersey si la ley no se hubiera aprobado) de la diferencia de Nueva Jersey (lo que realmente ocurrió) nos queda el efecto del salario mínimo.

En contra de lo que habían investigado anteriormente, descubrieron que un aumento del salario mínimo no tenía ningún efecto sobre el número de empleados. David Card llegó a la misma conclusión en un par de estudios a principios de los años 90. Esta investigación pionera ha dado lugar a un gran número de estudios de seguimiento. La conclusión general es que los efectos negativos del aumento del salario mínimo son pequeños, y significativamente menores de lo que se creía hace 30 años.

La importancia de Card y Krueger (1994) no fue el resultado (que sigue siendo objeto de debate), sino que Card y Krueger revelaron a los economistas que había experimentos naturales con grupos de tratamiento y control plausibles a nuestro alrededor, si tan sólo tuviéramos la creatividad de verlos. Los últimos treinta años de economía empírica han sido el resultado de que los economistas hayan abierto los ojos a los experimentos naturales que les rodean.

Investigación sobre la inmigración y la educación

Otra cuestión importante es cómo afecta la inmigración al mercado laboral. Para responder esta pregunta, necesitamos saber qué habría pasado si no hubiera habido inmigración. Dado que los inmigrantes suelen instalarse en regiones con un mercado laboral en crecimiento, no basta con comparar regiones con y sin muchos inmigrantes para establecer una relación causal. Un acontecimiento único en la historia de Estados Unidos dio lugar a un experimento natural, que David Card utilizó para investigar cómo afecta la inmigración al mercado laboral.

En abril de 1980, Fidel Castro permitió, sin esperarlo, que todos los cubanos que quisieran abandonar el país lo hicieran. Entre mayo y setiembre, 125.000 cubanos emigraron a Estados Unidos. Muchos de ellos se instalaron en Miami, lo que supuso un aumento de la mano de obra de Miami de alrededor de 7%. Para examinar cómo afectó esta enorme afluencia de trabajadores el mercado laboral de Miami, David Card comparó las tendencias salariales y de empleo en Miami con la evolución de los salarios y el empleo en cuatro ciudades de comparación.

A pesar del enorme aumento de la oferta de mano de obra, Card no encontró efectos negativos para los residentes de Miami con bajos niveles de educación. Los salarios no cayeron y el desempleo no aumentó en relación con las otras ciudades. Este estudio generó una gran cantidad de nuevos trabajos empíricos, y ahora tenemos una mejor comprensión de los efectos de la inmigración. Por ejemplo, los estudios de seguimiento han demostrado que el aumento de la inmigración tiene un efecto positivo en los ingresos de muchos grupos que han nacido en el país, mientras que las personas que inmigraron en una época anterior se ven afectadas negativamente. Una de las explicaciones es que los nativos cambian a trabajos que requieren un buen conocimiento de la lengua materna y en los que no tienen que competir con los inmigrantes por los puestos de trabajo.

Un nuevo marco para los estudios de relaciones causales

En todos los escenarios realistas, el efecto de una intervención –por ejemplo, el efecto de la escolarización adicional sobre los ingresos– varía entre las personas. Además, los individuos se ven afectados de forma diferente por un experimento natural. La posibilidad de abandonar la escuela a los 16 años apenas afectará a quienes ya tenían previsto ir a la universidad. En los estudios basados en experimentos reales surgen problemas similares, porque normalmente no podemos obligar a los individuos a participar en una intervención.

El subgrupo que finalmente decide participar probablemente esté formado por individuos que creen que se beneficiarán de las intervenciones. Sin embargo, el investigador que analiza los datos sólo sabe quién ha participado, no por qué: no hay información sobre quiénes participaron únicamente porque se les ofreció la oportunidad, gracias al experimento natural (o al experimento aleatorio), y quiénes lo habrían hecho de todos modos. ¿Cómo se puede establecer una relación causal entre la educación y los ingresos?

Joshua Angrist y Guido Imbens abordaron este problema en un influyente estudio de mediados de los años noventa. Más concretamente, se plantearon la siguiente pregunta: ¿en qué condiciones podemos utilizar un experimento natural para estimar los efectos de una determinada intervención, como un curso de informática, cuando los efectos varían entre los individuos y no tenemos un control completo de quién participa? ¿Cómo podemos estimar este efecto y cómo debe interpretarse?

Simplificando un poco, podemos imaginar un experimento natural como si dividiera aleatoriamente a los individuos en un grupo de tratamiento y un grupo de control. El grupo de tratamiento tiene derecho a participar en un programa, mientras que el grupo de control no. Angrist e Imbens demostraron que es posible estimar el efecto del programa aplicando un proceso de dos pasos. El primer paso investiga cómo afecta el experimento natural a la probabilidad de participación en el programa. El segundo paso tiene en cuenta esta probabilidad a la hora de evaluar el efecto del programa real. Partiendo de algunos supuestos, que Imbens y Angrist formularon y discutieron en detalle, los investigadores pueden estimar el impacto del programa, incluso cuando no hay información sobre quién se vio realmente afectado por el experimento natural.

Una conclusión importante es que sólo es posible estimar el efecto entre las personas que cambiaron su comportamiento como resultado del experimento natural. Esto implica que la conclusión de Angrist y Krueger sobre el efecto en los ingresos de un año adicional de educación –que estimaron en un nueve por ciento– sólo se aplica a las personas que realmente decidieron abandonar la escuela cuando se les dio la oportunidad. No es posible determinar qué individuos están incluidos en este grupo, pero sí podemos determinar su tamaño. El efecto de este grupo se ha denominado efecto de tratamiento medio local, LATE (por sus siglas en inglés).

Los investigadores demostraron así exactamente qué conclusiones sobre la causa y el efecto pueden extraerse de los experimentos naturales. Su análisis también es relevante para los experimentos aleatorios en los que no tenemos un control total sobre quién participa en la intervención, como ocurre en casi todos los experimentos de campo. El marco desarrollado por Angrist e Imbens ha sido ampliamente adoptado por los investigadores que trabajan con datos observacionales. Al aclarar los supuestos necesarios para establecer una relación causal, su marco también ha aumentado la transparencia –y, por tanto, la credibilidad– de la investigación empírica.

Una revolución en la investigación empírica

Las contribuciones de los galardonados de principios de los años 90 demuestran que es posible responder preguntas importantes sobre la causa y el efecto utilizando experimentos naturales. Sus contribuciones se complementan y refuerzan mutuamente: las ideas metodológicas de Angrist e Imbens sobre los experimentos naturales y las aplicaciones de Card de este enfoque a cuestiones importantes abrieron el camino a otros investigadores. Ahora disponemos de un marco coherente que, entre otras cosas, nos permite saber cómo deben interpretarse los resultados de estos estudios. El trabajo de los galardonados ha revolucionado la investigación empírica en las ciencias sociales y ha mejorado considerablemente la capacidad de la comunidad académica para responder a cuestiones de gran importancia para todos nosotros.

[1] Lo triste del Premio Nobel es que, por la razón que sea, no se concede a título póstumo. Alan Krueger, que murió en 2019, seguramente habría compartido el premio si hubiera vivido.

Referencias

Angrist, J.D. and G.W. Imbens (1995). “Two-stage least squares estimation of average causal effect in models with variable treatment intensity”. Journal of the American Statistical Association, 90 (430): 431-442.

Angrist, J.D., G.W. Imbens, and D.B. Rubin (1996). “Identification of causal effects using instrumental variables”. Journal of the American Statistical Association, 91: 444-472.

Angrist, J.D. and A.B. Krueger (1991). “Does compulsory schooling attendance affect schooling and earnings?” Quarterly Journal of Economics, 106: 976-1014.

Card, D. (1990). “The impact of the Mariel boatlift on the Miami labor market”. Industrial and Labor Relations Review, 43: 245-257.

Card, D (1992a). “Do minimum wages reduce employment? A case study of California 1987–1989”. Industrial and Labor Relations Review, 46 (1): 38–54.

Card, D. (1992b). “Using regional variation in wages to measure the effects of the federal minimum wage”. Industrial and Labor Relations Review, 46 (1): 22-37.

Card, D. (1999). “The causal effect of education on earnings”. In Ashenfelter, O. and D. Card (eds.) Handbook of Labor Economics, Vol. 3A, Elsevier, Amsterdam.

Card, D. (2001a), “Immigrant inflows, native outflows, and the local labor market impacts of higher immigration”. Journal of Labor Economics, 19 (1): 22-64.

Card, D. (2001b). “Estimating the return to schooling: Progress on some persistent econometric problems”. Econometrica, 69 (5): 1127-1160.

Card, D. and A.B. Krueger (1994). “Minimum wages and employment: A case study of the fast-food industry in New Jersey and Pennsylvania”. American Economic Review, 84: 772-784.

Card, D. and A.B. Krueger (1995), Myth and Measurement: The New Economics of the Minimum Wage, Princeton University Press, Princeton.

Card, D., and A.B. Krueger (2000). “Minimum wages and employment: A case study of the fast-food industry in New Jersey and Pennsylvania: Reply”. American Economic Review, 90(5): 1397-1420.

Imbens, G.W. and J.D. Angrist (1994). “Identification and estimation of local average treatment effects”. Econometrica, 61: 467-476.

¿Alguien por favor puede pensar en los niños?

Este artículo fue originalmente publicado en el suplemento de economía de la diaria.

La importancia del Desarrollo Infantil Temprano y, sobre todo, de invertir en él.

El debate público de la semana pasada estuvo centrado en la discusión de los números de pobreza de 2020 estimados por el Instituto Nacional de Estadística y el Diagnóstico del Sistema Previsional Uruguayo de cara a una nueva reforma del sistema. ¿Lo curioso? Nuevamente, los menores de seis años siguen fuera de la agenda. Los mismos que tendrán que asumir mayormente los costos de los problemas del sistema previsional son quienes se han encontrado sistemáticamente debajo de la línea de pobreza. Sobre todo, en un país como Uruguay que se ha caracterizado por destinar una alta fracción de su gasto público a pasividades, pero bajos recursos a la educación y, sobre todo, a las niñas y niños.

La poetisa y pedagoga chilena Gabriela Mistral dijo, “Muchas cosas pueden esperar, el niño no. Ahora mismo se forman, se crea su sangre, sus sentidos se desarrollan. A ellos no se les puede decir mañana. Su nombre es hoy”. La investigación neurológica muestra que los primeros años juegan un papel clave en el desarrollo del cerebro de los niños. Los bebés comienzan a aprender sobre el mundo que los rodea desde una edad muy temprana, incluso durante el período prenatal, perinatal (inmediatamente antes y después del nacimiento) y postnatal. Las primeras experiencias de los niños, los vínculos que forman con sus cuidadores y sus primeras experiencias de aprendizaje, afectan profundamente su futuro desarrollo físico, cognitivo, emocional y social. Potenciar los primeros años de vida de los niños es la mejor inversión que podemos hacer como sociedad para asegurar su éxito futuro.

Un poco de historia sobre la concepción de la niñez

El estatus del niño como una fase distinta de la existencia humana, no como pequeñas personas, es relativamente nuevo y surgió alrededor del siglo XVII, al mismo tiempo que las reducciones de la mortalidad infantil, los cambios en el sistema educativo y la aparición de una unidad familiar separada. Durante la mayor parte de la historia humana era común que una proporción significativa de los niños no sobrevivieron hasta la edad adulta, 7 de cada 10 niños no vivían después de los 3 años en la edad media. Esta alta tasa de mortalidad era una de las razones por las cuales se trataba a los niños con indiferencia emocional.

Cuando los índices de supervivencia aumentaron, los padres empezaron a tratar a los niños con más interés y afecto. Sin embargo, la idea de los niños como un objetivo clave de la política ya se había regado firmemente, haciendo camino para la intensa atención que mereció el bienestar infantil en el siglo XX. Durante ese siglo, una clara visión surgió en torno a que el bienestar infantil no era solamente una responsabilidad familiar. Cada vez más, los niños eran vistos como una responsabilidad del Estado, que intervenía en su educación, en su salud y en su crianza para mejorar el bienestar nacional a través del desarrollo de sus futuros ciudadanos. En Uruguay este quiebre de la concepción de niñez se ve claramente reflejado en la transición de la cultura “bárbara” (1800-1860) a la del disciplinamiento (1860-1920), como lo plasmó José Pedro Barrán en la “Historia de la sensibilidad del Uruguay”[1]

¿Qué es el desarrollo infantil temprano y por qué es tan importante invertir en él?

El hecho de que la política pública haya reconocido la importancia del bienestar infantil es de vital importancia. La ciencia nos dice que las experiencias que vivimos en nuestros primeros años realmente afectan la arquitectura física del cerebro en desarrollo. Esto significa que el cerebro no solo nace, sino que también se construye en el tiempo a partir de nuestras experiencias. Así como una casa necesita cimientos sólidos para sostener las paredes y el techo, un cerebro requiere de una buena base que dé soporte a todo su desarrollo futuro. La construcción de cimientos sólidos en los primeros años es la base para un adecuado funcionamiento mental y una mejor salud general de por vida (nuestras capacidades de aprendizaje, nuestros comportamientos y nuestra salud física y mental). El desarrollo saludable de los niños en los primeros años de vida sienta literalmente los pilares para casi todos los problemas sociales desafiantes que enfrentan las sociedades.

El cerebro se construye básicamente de forma ascendente. Primero, el cerebro construye circuitos básicos que son responsables de los conocimientos básicos y luego, se construyen circuitos más complejos encima de esos circuitos básicos según vamos desarrollando destrezas más complejas. El cerebro está biológicamente preparado para ser configurado por la experiencia, está esperando las experiencias que un niño pequeño tiene para influir literalmente en la formación de su sistema de circuitos.

¿Cómo es que un niño en desarrollo construye y mantiene una base cerebral sólida? Una forma de hacerlo es a través de lo que los expertos llaman “interacciones recíprocas de enviar y devolver”. Imaginen un partido de ping pong entre un cuidador y un niño en donde en vez de devolver la pelota hacia un lado y otro de la red se producen diversas formas de comunicación entre una acción y la siguiente desde el contacto visual hasta el táctil, desde cantar hasta jugar a la escondida. Estas interacciones repetidas a través de los años del desarrollo de un niño o niña son los ladrillos con los cuales se construye una base saludable para el desarrollo futuro.

Otra experiencia que moldea el desarrollo cerebral en la niñez es el estrés. Hay buenos tipos de estrés, como conocer gente nueva o estudiar, que son saludables para el desarrollo porque preparan a los niños para enfrentar desafíos futuros. Otro tipo de estrés, llamado estrés tóxico, es perjudicial para el desarrollo cerebral. Si un niño está expuesto a situaciones como el abuso y la negligencia, está en riesgo de experimentar problemas de salud, de desarrollo, incluso de adicciones a largo plazo.

Es posible corregir posteriormente algunos de los daños que ocasiona el estrés tóxico, pero es más fácil, más efectivo y menos costoso construir temprano una arquitectura cerebral robusta. Una de las cosas que propicia una arquitectura cerebral robusta es el desarrollo de habilidades emocionales y sociales o el conjunto de habilidades que los científicos llaman “funciones ejecutivas y de autorregulación”.

Estas habilidades se pueden visualizar como el control de tráfico aéreo en el espacio mental del niño. Piensen en el cerebro de una niña como si fuera una torre de control en un aeropuerto con mucho tráfico, todos los aviones que aterrizan y despegan y todos los sistemas de apoyo en tierra exigen simultáneamente la atención del controlador para evitar un accidente. Lo mismo le sucede a la niña pequeña que aprende a prestar atención, anticiparse y recordar y a seguir una cantidad de reglas. Como todos nosotros, las niñas y niños tienen que reaccionar ante las cosas que suceden en el mundo que les rodea y al mismo tiempo lidiar en sus mentes con preocupaciones, tentaciones y obligaciones. A medida que estas exigencias se acumulan el control de tráfico aéreo ayuda a la niña a regular el flujo de información, a priorizar tareas y, sobre todo, a encontrar maneras de manejar sobre la marcha el estrés y evitar colisiones mentales.

Desarrollar un control de tráfico aéreo efectivo, superar el estrés tóxico y construir una arquitectura cerebral sólida, son cosas que los niños pueden hacer por sí mismos y puesto que la sociedad es fuerte y está conformada por ciudadanos saludables, depende de nosotros como comunidad asegurar que los niños y jóvenes puedan vivir las experiencias propicias que necesitan para un desarrollo positivo. Para construir un mejor futuro necesitamos construir mejores cerebros.

El cerebro es flexible y plástico desde su nacimiento. A medida que va creando y refinando su sistema de circuitos, va perdiendo algo de su flexibilidad. Por eso la intervención temprana es crucial, porque, cuando se trata del sistema de circuitos del cerebro, es mejor hacerlo bien la primera vez que tratar de arreglarlo después.

Las investigaciones han demostrado repetidamente que la inversión en los primeros seis años de un niño puede determinar las oportunidades de vida a través de dos canales: la autoproductividad y la complementariedad dinámica. La autoproductividad se refiere al hecho de que las habilidades futuras dependen directamente de las habilidades pasadas, por ejemplo, una niña más curiosa y segura explorará más su entorno y esto puede contribuir al desarrollo de habilidades cognitivas u otras habilidades socioemocionales. Por otra parte, la complementariedad dinámica se refiere al hecho de que el nivel de habilidades determina la productividad de las inversiones. En particular, las inversiones en educación para un niño con buenas habilidades socioemocionales, como una mayor motivación, curiosidad y capacidad de atención serán más productivas[2].

Entonces, ¿por qué es tan difícil invertir en las niñas y niños? Básicamente debido a la falta de información y de recursos. Por ejemplo, un hogar con mayores ingresos no garantiza necesariamente un buen desarrollo infantil, pero los recursos permiten acceder a mayor y mejor alimentación, invertir en materiales de aprendizaje y vivir en viviendas más seguras, acceder a servicios de salud, educación y cuidado infantil, etc. Otro factor para destacar es la falta de lobby que tienen los menores, ya sea por falta de información de los mismos padres o cuidadores, o que no son un grupo de presión, siempre decimos “los niños no votan”.

En los últimos años, Uruguay avanzó mucho respecto a la cobertura educativa de la primera infancia, un ejemplo de esto, son los centros CAIF, CAPI o programas como Uruguay Crece Contigo que han demostrado muy buenos resultados[3]. Sin embargo, el gasto público en infancia continúa siendo relativamente poco con relación a otros grupos de edad[4], aunque su rol sea clave sea clave para no seguir perpetuando desigualdades. Solo queda preguntarse… ¿Alguien por favor puede pensar en los niños?


[1] Barrán, J. P. (2001). Historia de la sensibilidad en el Uruguay. Ediciones de la Banda Oriental.

[2] Cunha, F., & Heckman, J. (2007). The technology of skill formation. American Economic Review, 97(2), 31-47.

[3] Marroig, A. Perazzo, I. Salas, G. Vigorito, A. (2017). Evaluación de impacto del programa de acompañamiento familiar de Uruguay Crece Contigo. Serie Documentos de Trabajo, DT 15/2017. Instituto de Economía, Facultad de Ciencias Económicas y Administración, Universidad de la República, Uruguay.

[4] El gasto en seguridad y asistencia social, que representa aproximadamente el 50% del GPS, se concentra en los adultos mayores. Las personas mayores de 60 años concentran casi un 65% del gasto total cualquiera sea el año considerado (2005-2013). MIDES, 2015.